Los malditos y benditos paradigmas

Según la RAE, la definición es: “Teoría o conjunto de teorías cuyo núcleo central se acepta sin cuestionar y que suministra la base y modelo para resolver problemas y avanzar en el conocimiento.” En otras palabras, todo lo establecido, por ejemplo: los semáforos (código de color), el matrimonio, los sistemas (educativo, fiscal, bancario), las religiones, el dinero, el malinchismo, la propiedad privada, los hombres no lloran, Colón descubrió América, Hitler es el malo, la teoría de Darwin, el que no transa no avanza, Jesús era blanco y barbudo, niños azul y niñas rosa, vales lo que debes, el racismo, la carne de puerco es mala…, la lista es interminable y muy variada, sin embargo, en este amplio espectro, tenemos en un extremo cosas tan triviales como no trabajar en domingo (usos y costumbres) y en el otro, otras como el uso del cinturón de seguridad en un automóvil (leyes y reglamentos), con esto queda claro que los paradigmas son necesarios porque pretenden darle orden a nuestras vidas, sin ellos, probablemente viviríamos en el caos total y por eso los aceptamos sin cuestionar, casi todos.

La contraparte de un paradigma es un disruptor, en otras palabras, para cada Blockbuster hay un Netflix. Esta es la parte que me interesa como emprendedor porque es muy emocionante y divertido estudiar o presenciar los momentos mágicos en los que se gestan estos cambios en la historia, que de mágicos tienen poco porque siempre ocurren por una razón y de forma gradual, nada más que no los vemos hasta que los tenemos encima. Últimamente se le ha hecho mucha difusión a este tema motivando a las personas para que emprendan y adopten modelos de innovación en sus proyectos, pero no está fácil la cosa si de veras quieres innovar o, más aún, si quieres romperla todita con conceptos disruptores y ser el siguiente iPod de la historia.

Siendo yo un entusiasta estudioso del tema y en mi continua búsqueda de respuestas me encontré una verdadera joya, un libro que bien podría ser “El Libro” de la innovación porque expone un esquema y una metodología precisa, clara y sencilla para lograrlo. Como siempre, la teoría es lo fácil, pero en este caso es el resultado de muchos años de estudio, casos probados de éxito y de una premisa simple pero efectiva. El libro en cuestión se llama “Diez formas de innovar” de Larry Keeley. Me lo encontré buscando imágenes sobre el tema y tratando de encontrar una guía para aplicar en mi empresa. Me llamó la atención de inmediato porque las mencionadas diez formas estaban repartidas en tres grupos: Configuración (Modelo de ganancias, Red, Estructura y Procesos), Oferta (Desempeño del producto y Sistemas del producto) y Experiencia (Servicio, Canales, Marca y Compromiso del cliente).

Lo que me atrapó fue que estos diez puntos abarcan todos los aspectos de una empresa y que puedes trabajar en una o más simultáneamente, empezando por la que tú creas más conveniente o de rápido resultado o más disruptora o más cercana a tus fortalezas. Cosa que confirmarás al comparar este modelo con otras empresas exitosas como Uber, Netflix, Facebook, Apple, Amazon u otras viejitas como Ford y su línea de montaje o Gutenberg y su imprenta. Todas sin excepción son innovadoras en, al menos, alguna de las diez. Eso me gustó porque me dio una sensación de control que podría guiarme en mi camino creativo.

Ahora bien, otra constante en este tema es la belleza del caos. Será tema de otra charla, pero lo menciono porque por más control que queramos o pensemos tener, el poder de lo impredecible es muy grande y misterioso. Quizá la única constante en todos los personajes disruptores que podamos mencionar es su mente abierta que los mantiene atentos para captar esos momentos de inspiración, de magia o de genialidad que les muestran una oportunidad. Son personas rebeldes, audaces, libres, que ponen en duda todo, todo el tiempo; para ellos y ellas no hay límites. Son los que dicen que las reglas fueran hechas para romperse. Lo bonito es que detrás de cada uno siempre hay una historia, medio envuelta en leyenda pero que nos enseña que cualquiera puede cambiar el mundo. Así, en 1997, Reed Hastings se atrasó en la devolución de una película que había rentado en Blockbuster, pagó una multota, no le gustó y se imaginó una alternativa que hoy en día es Netflix. En 2008, Travis Kalanick y Garrett Camp tuvieron problemas para conseguir un taxi y se les ocurrió una idea muy sencilla, tocar un botón para llamar a un auto, y así hoy existe Uber. En todo el planeta y en cualquier campo podemos encontrar personas que crearon algo a partir de sus inconformidades. Los mercadólogos le llaman “anticipar necesidades” pero me parece algo presuntuoso, más bien la oportunidad te encuentra a ti y pasa por tu mente cuando te preguntas: “¿Qué pasaría si…?”

Regresando al libro y pensando en los que queremos ser innovadores profesionales (si es que existe el término), me gustó pensar que todo es un juego con tres tableros y diez fichas para mover, siendo el objetivo subirlas de nivel (innovar) para lograr en conjunto, una combinación (empresa) ganadora. Esta analogía de un juego me gusta también porque las empresas dominantes en el mercado así actúan, o sea, son exitosas porque crearon sus propios juegos y cuando alguien quiere entrar a competir, lleva las de perder porque se tiene que adaptar a sus reglas. De ahí que, si quieres un mejor panorama, mejor salte de su cuadrilátero, evita a los pesos pesados y crea tu propio juego.

Entonces ya lo sabes, los paradigmas no son ni buenos ni malos, los necesitamos para organizarnos, como parámetro para infinidad de cosas y, digo yo, como señales hacia dónde dirigir nuestra energía disruptora. Cada vez que alguien te diga que algo se hace de una manera porque siempre se ha hecho así o que te sientas encajonado, agobiado o harto de algo, es momento de ponerse creativo y buscar alternativas. Soy de los que piensa que siempre hay una mejor manera de hacer las cosas y de los que les encanta tambalear paradigmas.